Amadeo I
Amadeo I Protesté indignado… Pero Graziella, con infernal risa, me dijo que me había escondido botas, ropa y sombrero, y que estaba cautivo, sin que por ningún medio pudiera evitarlo. Omito, por no fatigar a mis lectores, los gritos que proferí, ahora coléricos, ahora suplicantes; las vueltas que di por toda la casa, descalzo y en mangas de camisa, buscando mi ropa; los extremos de ira y desesperación; los ruegos y amenazas; el último recurso de mi desesperación, que fue lanzarme escaleras abajo, escaleras arriba, llamando al portero, a los vecinos para que me sacaran de aquel aprieto. ¿Dónde estaba la policía, dónde el alcalde de barrio, dónde el sereno que ampararan a un honrado cliente de la nefanda Antarés, diosa del quinto Infierno?
Nada me valió. Con risueña frescura Graziella contemplaba mi sufrimiento; la muchacha reía, y la vieja elefanta deforme y carraspienta se mofaba también de mí.