Amadeo I

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Antes de que yo le hablara, acercó sus dedos al rimero de periódicos, y con voz que de ronca se había trocado en blanda, me dijo: «Pobre Tito, si para sortear la furia de tu mujer engañada has de fingir un alegato dictado por el bueno de Zorrilla, puedes empezar diciendo que los del Jurado no acabarán de encontrar la fórmula de avenencia hasta el momento preciso en que suenen las trompetas del Juicio final. De estos hombres que ponen en la mediocridad el límite más alto de sus ambiciones, nada puede esperarse. Ya ves. Empezaron por decir que no veían gran diferencia entre los dos manifiestos. Se les dice: 'A ver, a ver. Reducid las dos monsergas a una sola', y empiezan a quitar o poner esta o la otra palabra, y aquí doy un toque, allá otro toque».

—Ya, ya… Y luego vienen las consultas… «¿Qué les parece?…». «Nos parece —responden de allá— que ahora debe atenuarse aquel verbo, y poner aquí un adjetivo de más color».

—«Está bien», dicen los otros… —prosiguió Mariclío zumbona—. «Pero antes conviene discutir la cuestión previa, para fijar la forma y manera de proceder en este negocio». Y en la cuestión previa se pasan días y días, noches y noches.

—Llegan al artículo de La Internacional… ¡Ah!, es indispensable poner algún freno a ese monstruo disolvente.


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