Amadeo I

Amadeo I

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—¡Ay, Tito, no sé cómo me río hablando de estas cosas que son!, ¡vive Dios!, tan tristes! ¡Qué un país, donde hay sin fin de hombres que discurren con juicio, y sienten en sí mismos y en conjunto el malestar hondo de la Patria; que una Nación europea y cristiana esté en manos de esta cuadrilla de politicajos por oficio y rutinas abogaciles, hombres de menguada ambición, mil veces más dañinos que los ambiciosos de alto vuelo! Si algo pudiera contra ellos, los barrería como barro esta sala, regándolos antes para no levantar polvo, y mezclados con serrín los metería en su más adecuado sumidero, que es el eterno olvido.

—Pues anda, anda… En este periódico veo que después de inútiles conferencias, alambicando palabras, y evacuando consultas… ¡ridículas diplomacias!, salimos con que todos se sacrifican… No hay avenencia… ¡Ah!, yo me sacrifico… No quiero ser obstáculo… Y salta otro por allí sacrificándose…

—Sacrifiquémonos. Eso dicen cuando se ven cogidos en la última maraña de sus enredos… Si creen que debe sustituirse en el manifiesto la palabra pitos por la palabra flautas, hágase en buen hora; pero ¡ah!, mi dignidad no me permite…


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