Amadeo I
Amadeo I Tres, cinco, seis pliegos emborroné, cual máquina que obedece a un impulso extraño y superior. En mi delirio llegué a trazar planes y programas de orden jurídico, financiero, social: Presupuestos, Organización de tribunales, Mecanismo electoral, Espectáculos públicos, Relaciones entre el Municipio, la Provincia y el Estado; Ley de Servicio militar, Catastro, Minas, Código de Comercio, y mil y mil disposiciones que en surtidor inagotable salían de mi cabeza… Y en los pasajes más afluentes de mi inspiración metía paréntesis imperativos: «Don Manuel, ánimo; don Manuel, atrévase; don Manuel, ahora o nunca…». La presencia de Graziella, ya peinadita y acicalada, contuvo un tanto la velocidad de mi rotación cerebral. Leyó algo de lo que yo escribía; lo alabó sin entenderlo, y yo le dije: «Espérate un poco, ninfa hechicera. Déjame acabar. Aún me falta lo de Culto y Clero, Instrucción Pública…; ahí es nada… Receta contra frailes y monjas…»
—Con toda esa monserga que llevas a tu casa, doña Cabeza quedará desenojada. El toque está en que sortees la primera embestida de la fiera celosa…
—Déjame acabar. Pongo la última razón: «Don Manuel de mi alma: o sois el salvador de España, o quedaréis perdido en el montón gregario, donde se os pondrá un cencerro y pastaréis tranquilamente en el presupuesto…».