Amadeo I
Amadeo I Concluido mi trabajo, me sentí satisfecho, y hasta cierto punto conforme con la esclavitud que la hechicera me imponía. Ya me inquietaban menos los temores y el deseo de volver a mi casa. Hallábame un si es no es alelado, como si obraran en mi voluntad los efectos de un licor o esencia de extraordinaria virtud aplanante. A ratos dormía, y en mi sueño me asaltaban visiones placenteras, me arrullaron lejanos cantos eróticos de ninfas, entre cuyas voces distinguí la de Graziella con agudas notas humorísticas… Desperté, y halleme solo en la casa, la puerta cerrada con llave… Entraron luego la italiana y su criadita, que me traían dulces, cigarros y más botellas de aquel delicioso y somnífero vino que me apagaba la voluntad, y me encendía la imaginación con ardores resplandecientes… No pedí a mis carceleras que me devolviesen la libertad. Dulce pereza me familiarizaba con la atmósfera tibia y perfumada de aquel presidio. Pasó todo el día sin que me aliviara de la holganza, y vi llegar la noche sin que me asustase la idea de pasarla blandamente en la serena gruta.