Amadeo I
Amadeo I En mi segunda noche, no vi a Mariclío. Pregunté por ella, y dijéronme que había ido a la Academia de la Historia (calle de León), donde cobra la menguada pensioncilla de que vive. En aquella casa venerable, suele entretenerse ayudando al conserje en el barrido de la biblioteca y en quitar el polvo a los estantes. Si le anochece en esta faena, suele quedarse a dormir en la portería, y por la mañana le cepilla la ropa al gran don Marcelino, por quien siente ardoroso cariño maternal… Prosigo contando que yo dormitaba, y Graziella, junto a mí, escribía cartas en el velador. Y a cada renglón que trazaba se interrumpía para celebrar con risas lo que había puesto en el papel.