Amadeo I

Amadeo I

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Leyendo y comentando los disparates con que amenizaba sus ratos de ociosidad, me entretuvo la diablesa toda la prima noche… Me maravillaba que, en largas horas de mi permanencia en la gruta, no fuera esta visitada de hombres… A mis dudas contestó, poniéndose un poquito seria, lo que literalmente copio: «Aquí no vienen hombres, Tito… Porque has entrado tú, no vayas a creer… que esta casa es un tranvía para el Infierno… Infierno no digamos… En fin, lo que sea. Yo vivo amparada por un señor, por un caballero…, te lo diré claro, por un sacerdote que podría ser mi padre…, y por su comportamiento conmigo lo es. Créelo, Tito, aunque lo oigas de estos labios míos, que te parecerán mentirosos; puedes creerme que persona como esa no existe en el mundo, y que si entre tantas virtudes no tuviera la flaqueza de quererme, sería un verdadero santo, mejor que muchos que se han encaramado en los altares. El nombre no te lo diré; lo venero y guardo por respeto… Es bueno para todos; es humano, caritativo, y no se asusta de nada. En su oficio de cuidar de las almas cumple como el primero… Reprende todos los vicios; pero hay uno en que a mi buen cura le falta valor para incomodarse…, y abre la mano… Lo que él me ha dicho mil veces: 'Por esta debilidad, que es imperio de la carne, no se va al Infierno. Se va por la crueldad, por el no socorrer a nuestros semejantes cuando están necesitados, por levantar falsos testimonios, por la usura, la ira y la soberbia'».


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