Amadeo I
Amadeo I —Me dejas atónito, Graziella. ¿Y cómo has encontrado ese mirlo blanco, ese espejo de los caballeros, más digno cuanto más tonsurado?
—¡Ay, no fue poca mi suerte al dar con él! Perdida andaba yo, cuando una casualidad me deparó su conocimiento. Hará de esto diez años. Me recogió y amparó… Prendose de mí; le cautivaba el fenómeno de que, siendo yo lo que era tuviese el poquito de ilustración que se me pegó en Italia. Él también estuvo en Italia. Era familiar de un cardenal español, y fue con él al cónclave en que eligieron Papa a Pío IX. Cuenta cosas muy interesantes del cónclave y de fuera de él. En Roma perdió la fe… Ya sabes: Roma vedutta, fede perdutta.
—¿Y no quieres decirme…?
—No, no, Tito; el nombre no me lo preguntes… Es persona muy conocida, muy apreciada en Madrid… Puedo alabarle, puedo contarte lo bueno que es…; pero la boca se me cierra al querer pronunciar su nombre. Si algún día lo sabes, te lo callas, guárdate de decir que es mi protector, y que viene a verme una o dos veces por semana… Antes venía más a menudo; ya no puede… Está viejo, achacoso…; las piernas le flaquean… Ya no dice la misa todos los días… Sale poco de su casa… Y ninguna falta le hace trabajar en el oficio de cura, porque es rico. Tiene fincas allá por Toledo, y dinero en el Banco.