Amadeo I
Amadeo I A buen paso me fui a mi domicilio, que a la sazón era una casa de huéspedes, calle del Amor de Dios, de mediano trato y no muy lucido aspecto, donde en días de penuria grande me metí, por los motivos y circunstancias que a renglón seguido contaré. La horripilante situación de mi erario me lanzó nuevamente a la busca y captura de la Casa Rostchild, la cual, echando los bofes, encontré reencarnada en un varón seco, duro, agrio, que se llamaba don Francisco Torquemada y vivía en la calle de San Blas, zona baja de Atocha. Enorme cantidad de saliva gasté, y sin fin de escalones subí para conseguir de aquel perro algún alivio de mi necesidad. Pidiome garantía del Banco de España, o la firma de Manzanedo, y cuando ya llegaba yo a los extremos de la ira, llegó él a los de la piedad, y salí de su casa contento, aunque desplumado para una fecha no lejana. Al despedirme quiso mostrarme su protección recomendándome una casa de huéspedes buena, limpia y económica. Acepté por hallarme a la sazón muy mal alojado, y por dar gusto a Torquemada. Sin duda la casa de pupilos era suya, o de algún cliente con quien iba a la parte.