Amadeo I

Amadeo I

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Mi patrona era una pobre mujer derrengada y envejecida por el trabajo, con la carga de cuatro hijos y la impedimenta de un marido que no le servía para nada, en el orden de la industria huesperil. Llamábase Nicanora, y Rosita la mayor de sus niñas, que era muy mona y algo bachillera. El esposo, don José Ido del Sagrario, había sido maestro de escuela. Aquejado de cierta frialdad del cerebro, hubo de abandonar el noble oficio de desasnar chicos; más no con el descanso pudo recobrar la salud, ni siquiera un mediano gobierno de su máquina muscular y nerviosa. Quedó, pues, en situación de esqueleto vestido de fláccidas carnes; no resistía ningún trabajo fuerte, físico ni mental; ocupábase tan sólo en repartir entregas de una Casa Editorial, reduciéndose a un corto callejero, y en hacer recados a los huéspedes, que eran conmigo tres estudiantes de San Carlos. El trato de Ido me agradaba; era hombre que no carecía de luces, aunque solían brillar tan sólo por ráfagas intercadentes, lívidas llamaradas de alcohol. Tristeza y goce me causaban a la par mis conversaciones con aquel hombre inocente y bueno, cerebro que yo comparaba a la celda de una cárcel, en que hubiera estado preso un filósofo. Este se había fugado dejando en las paredes efluvios de su espíritu.




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