Amadeo I

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No dejé de apreciar en su justo valor esta sutil filosofía; pero, ¡ay!, del lance mujeriego no me resultó el beneficio que el candoroso Ido presumía, sino todo lo contrario… Sucedió que cuando se hallaban Lucrecia y Pepita en lo más recio de su pelea, acudió a separarlas y a poner paz una señora que con su criada venía de hacer la compra en el mercado de los Tres Peces… Logró el armisticio entre ellas; oyó las razones de cada cual, y con humanitaria diligencia vino a mí para gestionar avenencia y concordia con una de ellas, ya que con las dos no podía ser. Y cómo se arreglaría la desconocida señora en su arbitraje, que de las sucesivas conferencias resultó que llegué a un modus vivendi con las dos separadamente, y luego me entendí con la mediadora, que era mujer agradable, viuda en buena edad y de no poca sal en la mollera… Yo no sé qué tengo, señores que me leéis, no sé qué tengo… Lo mismo es hablar yo con una mujer, que esta se pone tierna y no tarda en enloquecer por mí… No sé lo que tengo, repito, no sé…







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