Amadeo I
Amadeo I Estas ideas me cautivaron. Sí, hacía falta un bárbaro que creara otro mundo hispano. Pero aquel bárbaro no era yo, que poseía regular cultura, sabía escribir, y echaba sin ton ni son discursos elocuentes… Hacía falta un mudo, que hablara con los hechos y con la piqueta, demoliendo los viejos muros, sin pedir permiso a las letras de molde; un mudo, sí, que entendiera de cirugía política, y supiera leer lo escrito con caracteres de fuego en el alma de la Nación… Debajo del pesimismo de mi gran amigo, latía, como es de ley en todo ser superior, un fuerte optimismo. No desconfiaba de la idea, sino de los hombres que en el telar político, llamándose ministeriales o de oposición, tejían la misma tela frágil y descolorida, tan fea y tan mala por el derecho como por el revés… En suma, que la oposición republicana, aliándose con los Nocedales y Barzanallanas, se contagiaba de esa legalidad indigesta que siempre resulta infecunda, y cándidamente hacía el juego a sus naturales enemigos. Los arañaba; pero no supo darles, como debía, muerte y sepultura… Mientras más lecciones de estas cosas me daba mi amigo, más me enamoraba su carácter. Lo que aún tengo que decir de él quédese en remojo todavía, pues me urge contar un suceso de importancia, que a mi ver cae dentro de la fase humorística de la Historia. Sígame, si gusta, el benigno lector desde este capítulo al que inmediatamente le sigue.