Amadeo I
Amadeo I Pero… el demonio lo hacía…, encontreme a Celestina también atacada de monomanía virtuosa, y en vías de abandonar su vil industria, dándose de baja en el escalafón del Infierno. Tenía una hija, criada en el campo, ya grandecita. Celestina la llevó consigo, sedienta de cariño maternal, que apenas había gustado en su vida liosa. Enterose de ello la Marquesa de Navalcarazo, y queriendo apartar a la pobre niña de todo influjo maléfico, obligó a la madre a ponerla bajo la guardia y custodia de unas monjitas de la calle de San Leonardo. Accedió Celestina, movida de un vago prurito de corrección espiritual, y las mañanas pasaba en la iglesita del convento, o en la fronteriza parroquia de San Marcos, entretenida en rezos y otros actos de devoción. Hablando de esto, me confesó que hasta las oraciones más elementales, Credo y Padrenuestro, se le habían olvidado, y en aquella ocasión las aprendía de nuevo, sintiéndose volver a sus años infantiles.