Amadeo I
Amadeo I Y no pasaron tres días sin que me personara en la casa del cura. Me recibió en su biblioteca, que era copiosa y algo desordenada, como toda biblioteca en que se trabaja. De lo que habló don Hilario, saqué en limpio que era rico, que por no abandonar en absoluto su ministerio religioso, desempeñaba la capellanía de las monjas vecinas. Algún trabajo le daba el delicado gobierno de las conciencias de aquellas santas señoras, que por no tener nada que hacer, inventaban pecadillos, y apuraban la paciencia del confesor para lavarlos y restablecer su inmaculada pureza… Deseaba el señor Peña ocasión para zafarse del enfadoso lavatorio y planchado de las monjiles conciencias… También me dijo que le amargaba el sentimiento de no poder terminar su obra. Herido de la gota y otros desgastes del organismo, sólo contaba ya con un par de años de vida, o poco más…