Amadeo I
Amadeo I Charlando con voluble intercadencia de veras y bromas llegamos a Palacio y entramos en la Intendencia, que está, como sabéis, en la planta baja, plaza de la Armería. En una antesala nos detuvimos; salió el intendente, Conde de Rius, a quien yo sólo conocía de vista; el cura me presentó a él como un amigo que le acompañaba en clase de rodrigón o lazarillo de su cojera, y pasaron los dos al despacho próximo, donde a mi parecer trataron de la Capellanía de Lavanderas. Quedeme solo en aquel aposento, donde no veía más que estantes llenos de legajos, y algunos cuadrotes deslucidos del tiempo y del humo del gas, y que representaban edificios o campiñas de los Sitios Reales. A poco de estar sumido en tal soledad, sentí hormiguilla en brazos y piernas, y zumbar de mis oídos, cual si a ellos llegaran las ondas de un lejano son de bronces vibrantes. Convirtiéronse aquellos sonidos en voz humana, demasiado dulce para ser de hombre, demasiado grave para ser de mujer. Volví la cabeza… y vi que por escondida puertecilla entraba un bulto… Mi primera impresión fue de una señora gorda y ajamonada… Al acercarse a mí se volvió esbelta sin gran merma de sus carnes lúcidas. Vestía elegante traje negro de seda, a la última moda… ¡Ay, Dios mío! Que me llevaran los demonios si no era la Mariclío, con sin fin de años menos de los que representaba cuando anteriormente la vi, y muy apersonada y peripuesta.