Amadeo I

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Acudiendo una mañana de Abril a mi tercera visita, encontré a don Hilario en la calle, yendo yo por la de los Reyes. Nos paramos, y después de los recíprocos saludos, me dijo: «Tengo que ir a Palacio. Si no tiene usted que hacer acompáñeme, y por el camino le contaré el porqué de ir yo a la Casa Grande, novedad para mí extraordinaria, pues sólo una vez estuve en ella, cuando a doña Isabel le dio por hacerme obispo, y yo rehusé. No recuerdo la fecha. Ello fue cuando Pío IX concedió a doña Isabel la Rosa de Oro. Vamos, hijo». Andando, siguió así: «Pues esta buena señora, doña María Victoria, sale ahora con que quiere nombrarme capellán de ese Asilo que ha fundado para las lavanderas… Ello habrá sido idea del Conde de Rius, intendente de Palacio, y gran amigo mío. Usted le conocerá: es yerno de Olózaga, que también me honra con su amistad. Sea de quien fuere la iniciativa de mi designación, voy a decir que nombren a otro. Yo declino ese honor, yo no sirvo para nada. Busquen para las lavanderas un clérigo mozo. Yo no estoy ya para ninguna función que reclame el vigor juvenil…».






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