Amadeo I
Amadeo I Por Caballerizas, Cuesta y Puerta de San Vicente, Puente del Manzanares llegamos al popular sitio de recreo. Hormigueaba en él la descuidada plebe; sonaban en estridente algarabía los organillos, los pregones y el gozoso runrún de los merenderos. Por entre la turbamulta paseamos; Mariclío habló con dos aguadoras, yo con un mendigo lisiado a quien llevaban en un carrito… Llegamos a donde militares y muchachas habían armado el incansable bailoteo. Daba gusto ver el entusiasmo con que ellas zarandeaban sus cuerpos en aquel ejercicio, agarrándose al hombre o brincando frente a frente y haciendo graciosas figuras. «El baile —me dijo mi compañera de paseo— es la primitiva manifestación del arte y del amor. En su ritmo verás el aleteo con que la especie humana dice: 'No quiero morir, sino vivir y reproducirme'».
Contemplando los enardecidos grupos danzantes, y luego las parejas que entre los espesos olmos se alejaban buscando la soledad, Mariclío, con lenguaje que sólo entendíamos el viento y yo, les decía: «Divertíos en la edad gozosa… Soldaditos y criadas, chicos y chicas que comenzáis la vida en la sana esclavitud de las obligaciones, no os detengáis, y de estos devaneos inocentes pasad a mayores devaneos… Casados o sin casar, cread españoles, traednos ciudadanos, que es menester venga nueva generación a enmendar a esta, desvaída y decadente. Traed acá nuevos hombres de quienes yo pueda referir acciones altas y nobles».