Amadeo I
Amadeo I Seguimos andando… Yo era un autómata… En la Virgen del Puerto y la Puente Segoviana, nos cruzábamos con parejas a quienes Mariclío hacía la misma recomendación de aumentar a toda prisa el censo de España… «Nueva gente… y pronto, pronto… Hombres que traigan cerebros machos, corazones grandes y ternillas a la medida de los corazones…». Pasamos luego por la Tela, donde vimos enorme caterva de chiquillos jugando a la tropa con palos, banderitas y morriones de papel. Los más audaces se disputaban el mando: Yo soy Plim, chillaba uno, y otro gritaba: Pues yo Napolión. Límpiate… Un tercero venía dando zancajos y vociferando así: Quitaos, gallinas, que yo soy mi abuelo, y mi abuelo se llamaba el Tío Pecinado… Formaban batallones; batían marcha imitando con la boca el rataplán de los tambores; disparaban tiros, se acometían al arma blanca, tomaban la fortaleza de un montón de piedras… Mariclío se metió entre ellos y fogosa les decía: «No desmayéis, valientes chicos. Creced y dadme tela para que yo corte a vuestra patria un vestido espléndido, y dadme materia para que ese vestido salga recamado con estrellas de oro… Mandaos los unos a los otros, recompensaos, castigaos, para que aprendáis la justicia. Sed guerreros chiquitos para que de grandes seáis buenos ciudadanos».