Amadeo I

Amadeo I

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Con mal tiempo y buen humor, metidos mi padre y yo en vehículos que variaban de lo malo a lo pésimo, emprendimos la peregrinación hacia Frías; de allí por el valle de Tobalina seguimos a Miranda de Ebro, donde nos detuvimos para pasar un día con mi hermana Pascuala. De Miranda seguimos en tren hasta Vitoria, y otra paradita, pues mi padre no pasaba por allí sin visitar a sus parientes los Pipaones y Suredas, todos redomados carcundas. La última etapa fue de Vitoria a Durango, por Ochandiano, paso de la Peña de Amboto… Y heme aquí, lectores que bondadosos me seguís de mazo en calabazo, heme incrustado en una sociedad de sentimientos y pensares tan opuestos a los míos, que me tuve por transportado, no digamos que a otro planeta, sino al más lejano de los mundos siderales. Vivía mi hermana en casa holgona, del tipo más patriarcal. Su marido, Ignacio Zubiri, estaba ausente. Guardábase en la familia cierto misterio, que al fin descifré suponiéndole en la facción. Fruto lozano de este matrimonio eran tres chicos sonrosados y mofletudos. Trigidia se alegró mucho de verme; como mi padre, celebraba que me hubieran traído del infecto ambiente de Madrid a la sanidad de los valles risueños entre montañas. Halagado de la buena vida material, yo simulaba un apego mansurrón a la verde Vasconia.




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