Amadeo I
Amadeo I La verdad, yo comprendía y admiraba las sólidas virtudes de la raza, su contumaz apego a la tradición, cualidad meritoria cuando sirve de punto de partida para el progreso, como acontece en Inglaterra; me agradaba la lealtad de los hombres, la lozanía de las mujeres; los alimentos eran muy de mi gusto: la rica ternera, el pescado que los más de los días traían de Mundaca o Elanchove, las gallinas, patos y abundancia de verduras que mi hermana recibía diariamente de sus caseríos. Las borrajas, las habas, nabitos, y cuanto constituye la nutrición castiza en el país, satisfacía mi paladar y me restauraba el estómago, tan necesitado de vida nueva. Lo que no me entraba ni con escoplo era el habla. Toda mi atención no era bastante para entenderla, y ni el oído ni la mente podían habituarse a tan archiengorrosa cháchara. Mayormente me afligía ver en el vascuence un valladar, un tremendo aislador para todo amoroso intento. Siempre que inicié la conquista de alguna garrida hembra campestre o frescachona criada, el maldito lenguaje me descomponía y me desarmaba, pues ni yo les entendía una palabra, ni ellas a mí más que si les hablara en lengua chinesca.