Amadeo I

Amadeo I

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En aquel pueblo y en ambiente tan apropiado a un espíritu enteco, vivía mi buen padre como si estuviera en las antesalas del Paraíso. Desocupado y con sus cortas necesidades satisfechas, vegetaba y dormitaba como un bendito a la sombra del dogma, que en aquel país es como una bóveda solemne que protege y abriga las almas. En su credulidad candorosa, el pobre don Matías Liviano y Pipaón no veía nada más allá de su vivir cómodo, en lo material, y de su pensar estrecho dentro de la elemental esfera religiosa. «Así lo encontramos y así lo hemos de dejar, hijo mío», era su única réplica cuando yo me permitía deslizar en su oído alguna observación conforme a mis ideas. Viéndole tan tranquilo, tan feliz dentro de su redoma, me parecía crueldad impertinente contrariarle. Si le hubiera dicho que no creo en el Infierno, le habría ocasionado tal vez un catarro gástrico, tal vez un ataque a la cabeza; que su flaca salud pendía de cualquier disgusto. Si yo le hubiera dicho que el Purgatorio no es más que un establecimiento industrial y mercantil, de cuyos pingües rendimientos se nutre el cuerpo de la Iglesia, el choque de mis ideas con su inefable quietud le habría quizás provocado un torozón que le llevara al otro mundo. Y aunque él creía tener asegurada la gloria eterna, por el pronto le iba bien aquí con las borrajas, las habas, la merluza en salsa verde, los pichones y las sabrosas sardinas de Elanchove.


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