Amadeo I
Amadeo I Por esta causa, yo no me metía en discusiones con él ni con mi hermana, ni con ninguna de las personas que a casa concurrían. Y aun le guardaba la fina consideración de acompañarle en sus frecuentes visitas a Santa María, seguidas de inmersiones larguísimas en la casa del cura, vicario o arcipreste que en aquella santa iglesia gobernaba, con otros, las almas duranguesas. Para sobrellevar tan fastidiosos plantones no tenía yo paciencia, y esperaba al santo varón paseándome en el espacioso atrio de la iglesia, donde me entretenía viendo salir y entrar chicas guapas, no por beatitas menos interesantes.
Buena parte del tiempo que allí me sobraba, invertía yo en pasearme por las anteiglesias o pueblecitos que rodean la villa. A todas las mujeres que encontraba les pedía plática, con idea de ejercitarme en el vascuence, lengua preciosa, les decía yo, que deseaba poseer…; como que mi estancia en Durango no tenía más objeto que aprender el idioma vasco. Ya poseía veinticuatro lenguas, entre ellas todas las orientales, y además el catalán y el chino. Con estas y otras sutilezas iba entrando en la confianza de ellas, y como ya sabía no pocas frasecillas éuskaras, me divertía, bromeaba, y con alguna logré asomos de intimidad, que andando días llegaron a mayores, proporcionándome sabrosos ratos a la sombra de espesos laureles o nogales.