Amadeo I
Amadeo I —Le diré a usted. Cuando a mi pueblo y hogar volvía, con la pena del convenio, deshecha y arrojada en el polvo la causa de Dios, venía yo pensando eso mismo que usted dice, que se me había olvidado todo el ritual… Pues verá usted, señor don Tito: yo fui siempre especial devoto de la Purísima Concepción. La Dulcísima Señora, San Miguel Arcángel y el Señor San Pedro fueron y son mis abogados así en la guerra como en la paz. A la Reina de los Ángeles me encomendaba yo en todos mis aprietos, y con su amparo y el de los santos que nombro, salí felizmente de todos los peligros… Como digo, venía yo mustio y desconsolado en un jamelgo que me proporcionó el cura de Placencia, y al divisar la torre de mi pueblo querido, se me ensanchó el corazón…, me entró en el alma una luz celestial, y volviendo toda mi voluntad hacia la Purísima Señora, le pedí que a la memoria de su siervo humilde volviera todo lo que pudo olvidar en los trajines de la guerra… Fue para mí aquel momento el más solemne de mi vida, puede usted creerlo, momento en que me sentí comunicado con la Virgen Santísima y con mis celestiales patronos… Esto no lo comprenderá usted, esto no está al alcance de las personas de fe poco ardorosa. Pues bien, llego, me desmonto del rocín, me quito las espuelas, y entro en la iglesia. Lo mismo fue verme bajo la bóveda obscura, que recordar de golpe lo que había olvidado. Mi memoria se vació de todo lo de la guerra, y se llenó de todo lo eclesiástico. ¡Virgen Inmaculada, qué cosas! Lo que usted oye… A la media hora de mi llegada, me revestí y salí a decir mi misa.