Amadeo I

Amadeo I

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Tanto como me agradaba la épica historia del clérigo y su franco carácter, picante mixtura de lo divino y lo humano, me entristecía la sociedad de mi casa, donde se oía tan sólo el áspero zumbido de los ojalateros, y el comentar de verídicos o fantásticos incidentes de una guerra lejana. Iban y venían emisarios, llevando masas de juventud y trayendo noticias de las gestas de Navarra. También se hablaba de política o sucesos de Madrid, afeándolos con groseras burlas. Había caído el Gobierno de Sagasta, por la porquería de dos millones que el Sagasta y un tal Romero habían sustraído de la caja del Tesoro público para llevárselos a sus propias cajas. Decíase que si los gastaron en elecciones; que en Madrid, el dinero es el mejor cebo para pescar votos; que si los gastaron en comilonas y regalos a señoras guapas, cosa en Madrid corriente por ser pueblo de continuos festejos y cuchipandas… En las Cortes se armó tal rifirrafe por este alivio de dos millones que hicieron al Tesoro los indignos administradores del procomún, que el Gobierno se tuvo que retirar, lavándose las manos con el agua del río Manzanares, que es agua muy sucia… Naturalmente, vino otro Gobierno, con el indispensable Serrano al frente, llevando de compañeros a Topete, a un señor Ulloa, a otro que llamaban Candau, a un tal Elduayen y a otro que respondía por Balaguer. Estos señores, salvo Serrano y Topete, que con Prim componían la trinidad revolucionaria, eran para la gente duranguesa muy conocidos en sus casas.


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