Amadeo I
Amadeo I Esto me ofendía. Pues una tarde… Dejadme tomar otro aliento, que esto es gravísimo. Una tarde, digo, iba yo acompañando a mi novia desde Durango a Santa Polonia. Una fatalidad benigna nos dejó solos, pues los padres iban delante con el carro cargado de aprestos de fábrica, herrajes, maderas, para una obra que habían emprendido en la mejor de sus casas. Charloteaba yo con Facunda, dándole lección de lengua castellana, y obligándola, con insistencia de dómine, a repetir temas y conceptos de uso constante en la conversación. A propósito estiraba yo mi acción escolar para retrasarnos en el camino y ponernos a mayor distancia de los padres. Dos criados que nos seguían con un borrico, cargado también de material, pasaron delante de nosotros, y en esto, atardeciendo, atravesamos un grupo de nogales que con su sombra anticipaban la noche y convidaban al descanso. Díjome Facunda que aquellos nogales y otros que más allá se veían eran suyos. Entrome con esto un vivo afán de posesión de la tierra y de lo que no era tierra. Y pues esta y los ganados, el fruto vegetal y la carne animal habían de ser míos, bien podía tomar posesión de todo en aquel instante.