Amadeo I

Amadeo I

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Apenas pensado el propósito mío de hacer efectivos mis derechos, acudí a la práctica, declarando a Facunda la pasión violentísima que el lugar sombrío y apacible, el sosiego del campo y la hermosura de ella levantaron al modo de tempestad en mi alma. Observé que mis palabras ardientes en castellano declamatorio, parodia de las famosas endechas de don Juan Tenorio en el sofá, la impresionaron hondamente y la movieron a estupor y curiosidad seguida de infantiles risotadas. Estimando la actitud de Facunda como un principio de consentimiento, me lancé de las palabras fogosas a los actos atrevidos… Echele los brazos, y ello fue como si el algodón quisiera ceñir y sujetar el acero. Facunda, sin dejar de reír como una chicuela, se defendió de mí con rápida zancadilla. Caí al suelo en postura poco airosa… Quise levantarme… Facunda, con vivo juego de infancia campesina, me volvió a dejar tendido y sin gobierno de mis piernas, y cuando yo, vencido y maltrecho, pedía misericordia, me increpó y vilipendió con horroroso traqueteo de frases de burla en vascuence. Comprendí que jugaba conmigo, y que celebraba con algazara jocosa el triunfo de su fortaleza sobre mi debilidad miserable… Terminó el juego desliándose de la cintura un cordel y atándomelo al tobillo sin que yo pudiera evitarlo… Me ayudó a levantarme, y arreándome con su varita, me llevó por delante. No me quedaba otro recurso que aceptar el juego y seguir la broma. De la boca de Facunda salió una frase que me dolía más que la caída y los varetazos. Haciéndome el tonto, y fingiendo alegría, traduje a mi modo la frase. Creo que no era infiel esta versión: «Vean, vean el cochinito que he comprado en la feria… A mi casa lo llevo… Tres duros me costó… Engordarelo para San Martín. Cochinito, arre…; arre, charrichu».


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