Amadeo I
Amadeo I Llegué al caserío renegando de las bromas de la zángana Facunda, aspeado de la prisa con que me llevó haciendo el charrichu. Quisieron los padres que me quedase a cenar con ellos; más yo, pretextando quehaceres en casa y órdenes de mi hermana, me volví a Durango por el mismo caminito llano, a trechos sombreado por nogales corpulentos. Si aquellos hermosos árboles no me fueron propicios, otros más arrimados al monte habían sido mis sagrados bosques citereos, y váyase lo uno por lo otro. Yo podía vanagloriarme de más de tres y más de cuatro conquistas en la soledad nemorosa.
Añado ahora, como dato interesante, que después de mi frustrado ataque a la virtud de Facunda, esta empezó a mostrarme afición, y a gustar de mi compañía y lecciones; ya no se burlaba de mi estatura mezquina, ni me daba a entender que era poco hombre para su corpulencia. Esto me envanecía; más no cambiaba mi invencible repugnancia de hacerla mi esposa, por incompatibilidad o desproporción muscular y sanguínea. Bestias había yo conocido que no me desagradaban. Bien vengas, bestiezuela, para el amor, más no para el matrimonio.