Amadeo I

Amadeo I

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Circuló murmullo de aprobación. Adelante. «Dios me ha dado el singular galardón de traerme a su campo, a su solar amado y predilecto, donde prepara la redención de la mísera España, que sería, como sabéis, su nación preferida, si ella se organizase a la usanza vuestra, y desechando sus vicios y desnudándose de la costra leprosa de sus herejías, se vistiera del esplendor de vuestra fe y de la gala de vuestras resplandecientes virtudes… Pero ¡ah!, la redención de España está lejos, queridas hermanas, queridos hermanos; y está lejos, porque la vuestra, que ha de preceder al salvamento de todo el pueblo ibero, no está cerca, no. Mucho tendréis que hacer aún, ¡oh gloriosos vascos!, para poner el problema en su verdadero estado de intenso desarrollo. Permitidme que os exponga las ideas, fruto de mis largas meditaciones en esta tierra bendita. Oíd el parecer de un férvido creyente que en largas noches, invocando el auxilio de la Divinidad, ha estudiado el presente, adquiriendo la clara visión del porvenir… La causa de Dios triunfará en Vasconia, y en Vasconia tendrá su principal asiento, cabeza de todos los reinos católicos de nuestra España… Habréis visto, amadas hermanas y hermanos, que la guerra encendida para restablecer el imperio de la fe se ha visto frustrada. Abrid los ojos y ved bien claro, como lo veo yo, que Dios no quiere traeros la verdad por mano y designios de reyes grandes ni chicos, ramas una y otra de un árbol podrido. No; no esperéis nada de los reyes, que conquistan el suelo para hacerlo suyo y llenarlo de formas de tiranía. Yo no distingo de reyes, ni disputo por legitimidades que sólo son juego de palabras. Todos los reyes son ilegítimos, todos llevan en la cimera de sus cascos estos o los otros signos; en la redondez de sus cabezas, estos o los otros sombreros».


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