Amadeo I
Amadeo I Estupor en el público… En él se oiría el vuelo de una mosca… Sin perder el hilo de mi razonamiento, observaba yo las caras de mi auditorio, y en ellas vi asombro, terror… Pero no me importaba. Tomé aliento, bebí un poco de agua, que me habían puesto en una mesilla cercana, y seguí muy sereno preparando la bomba cuyo estallido debía ganarme la voluntad de todo el concurso. Seguí: «Mi declaración os causa sorpresa, y alarma por un instante vuestras conciencias honradas. Pues si a todos los reyes, decís, debemos declararlos ilegítimos; si ninguno de ellos ha de traernos la luz celestial; si no debemos luchar por reyes ni príncipes ni fantasmones más o menos coronados y galonados, el orador quiere que instituyamos una república, y esa república será el ara santa donde se consagre la unión de todos los católicos pueblos, la paz, el bienestar, la dicha… Sí, hermanos queridos, la república es nuestra salvación».