Amadeo I
Amadeo I Inmensa ansiedad expectante en el público. Hice una pausa. Paseé mis miradas arrogantes por las caras de señoras y caballeros, y como había tomado ejemplo de Fray Gerundio para producir los grandes efectos oratorios, les dejé en el tormento de sus dudas, y cuando me pareció bien, tomado otro traguito de agua, proseguí: «¡Sí, la república…! Pero no es aquella bacante semi-desnuda y escandalosa, hija de Satán, que trastorna con su bello nombre y su infernal doctrina a los pueblos y ciudades de Castilla; no es la bestia roja, sanguinaria, ebria de vino y de mentirosas filosofías; no es esa, no. Esa república será barrida como los despojos de Carnaval que ensucian las calles el Miércoles de Ceniza; esa república tendrá sus altares en los manicomios, donde expirarán todos los que la profesan, y donde se extinguirán sus alientos con rugido de fieras moribundas. La república que yo preconizo y anuncio es otra, es la que lleva en sus sienes, por corona, la luz del Espíritu Santo, la que en los bordes de su clámide lleva bordadas las inscripciones Fe, Esperanza y Caridad, la que en su seno purísimo agasaja la paz, la que con sus labios imprime el beso del ardiente amor de Dios…; esa república, hermanos queridísimos, es… la Iglesia».