Amadeo I

Amadeo I

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El esfuerzo para terminar con brío, el espasmo oratorio me dejaron sin aliento. Me vi en brazos de mi padre que al estrujarme en ellos me privó de la respiración: el raudal de sus lágrimas me anegaba el rostro. Mi hermana lloraba también, abrazándome y dándome besos, mientras el bárbaro de su marido gritaba: «Lo que saber chico, pico de oro tener hablando». El público en masa avanzó impetuoso hacia mí para felicitarme con palabras cariñosas y exclamaciones de entusiasmo. La señora gorda y bonita fue de las primeras que a mí llegaron, trayendo consigo dos damas flacas un tanto narigudas, de cuyos labios oí plácemes afectuosos en una jerga mixta de castellano y vascuence. En la señora simpática pude advertir una subida coloración del rostro, del exceso de entusiasmo, y un trémolo de la voz que me indicaba su modestia, como si se creyera indigna de hablar conmigo. Apretándome las manos entre las suyas calentitas, me dijo: «¡Qué sublime orador! ¡Qué gloria oírle!… Aquí no se ha conocido quien a usted iguale ni quien como usted posea el arte de conmover». A su correcto castellano contesté con vehementes gratitudes, y ella, hecha un merengue, hablome de este modo: «Sería cosa de pedir a usted que le oyéramos todos los días. Yo he comprendido todo, tan bien lo decía usted y con tanta claridad lo exponía. Todo lo he comprendido. Sólo me han quedado dudas en un punto. ¿En la nueva República, los militares vestirán el uniforme que hoy usan, o un traje como los caballeros de Calatrava y Santiago, con birrete y manto blanco?».


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