Amadeo I
Amadeo I Obediente a su mandato, me retiré pian pianino a mi casa y esperé tranquilo los pÃcaros acontecimientos. A la hora de la siesta, llegó el telegrama en que el secretario de Estado de PÃo IX…, no reÃrse…, comunicaba…, no sé cómo decirlo para que mis lectores no me tengan por loco… En fin, que piensen lo que quieran… Los visajes que hacÃa mi padre al fijar sus ojos en el telegrama, la cara que puso leyéndomelo, después de haberse enterado él detenidamente, no caen dentro del dominio de la literatura descriptiva… Yo, al menos, no encuentro palabras para expresar el trémulo acento, la…, la… transfiguración, el éxtasis final de mi buen viejo en tan sublime instante. Y para complemento de la función, llegó una hora más tarde el rector de Santa MarÃa con otro telegrama notificándole que la Propaganda Fidæ querÃa que yo explanase mi tesis ante ella…; vamos, que Roma me llamaba, Roma me reclamaba, no sé si para ponerme en un altar, o para quemarme vivo.