Amadeo I
Amadeo I Corrí a llevar la noticia a Pepita Izco, que no se resolvió a creerlo, y aun indicó la idea de que en ello andaban los demonios. De vuelta a mi casa, recibí el tercer telegrama. Era del encargado de los negocios puramente eclesiásticos de la Nunciatura, diciéndome que a mi disposición tenía los fondos necesarios para mi viaje… ¿Creéis que era broma?…; y añadía que no perdiese el tiempo, pues el 25 salía vapor de Marsella para Civitta-Vecchia, y si me descuidaba no tendría vapor hasta el 31… Aquella noche nadie durmió en casa. Todos parecían locos. Zubiri, mi padre, mi hermana, se reunían en consejo de familia, y se separaban sin decidir cosa alguna. Trigidia, un tanto recelosa de la procedencia de los telegramas, inclinábase a suponerlos, como Pepita Izco, invención del mismo Infierno.