Amadeo I
Amadeo I Lo primero que me dijo mi buen padre a la mañana siguiente, cuando tomaba su chocolate, fue que antes de partir para la capital del Orbe Católico, debía dejar concertadas solemnemente mis nupcias con Facunda, dando cuenta de ello al Sumo Pontífice en la primera entrevista que con él celebrara, para que nos concediese su santa bendición, regalo de boda el más preciado que la chica de Iturrigalde podía ambicionar. Con todo me mostré conforme. Trató luego de la necesaria provisión de dinero, y haciendo un gran esfuerzo y torciendo la boca como si algo le doliera, sacó un envoltorio de papel con cuatro monedas de cinco duros, que me enseñó diciéndome: «Esto para el viaje a Madrid, que harás en primera, para que en primera te vea el Nuncio, Pro-nuncio, o lo que sea, si baja a la estación a recibirte… Ya sabes que tienes viaje pagado desde Madrid a la capital del Orbe Católico. Te recomiendo, hijo del alma, que no te detengas en la Villa y Corte más que el tiempo preciso para visitar al señor Pro-nuncio. Huye de los amigos malos y de toda la pestilencia de aquel pueblo corrupto».