Amadeo I

Amadeo I

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En ellas penetré, y vi la caterva de cocineros y marmitones que aderezaban la real comida. Era también la hora de servirla, y en el ancho recinto abovedado vi movimiento y barullo que me dejaron suspenso. Daba el jefe voces de mando, como general en el momento crítico de una batalla. Los hombres de blanco gorro hacinaban en las fuentes con ágiles dedos las piezas de carne, legumbres y pescado, con el adorno de mil porquerías comestibles. Otros armaban los castilletes de repostería y postres de cocina. Todo el comistraje iba pasando al pie del ascensor, por donde las copiosas bandejas subían al piso principal, como en los buques de guerra suben los proyectiles desde la bodega hasta la batería donde están emplazados los cañones.

Recorrí todo el antro, y movido de mi curiosidad intensa me metí en un grupo de marmitones, que arreglaban las fuentes catando de todo por arte o glotonería. Algunos de ellos comentaban con burletas el extraño gusto de don Amadeo. No comía más que carne guisada simplemente, que los italianos llaman lesso, y patatas cocidas. Uno que parecía italiano aseguró que lo mismo comía Víctor Manuel. El postre de nuestro Soberano eran guindas en aguardiente que le mandaban de Turín, aderezadas con pimienta en grado tan fuerte que cuantos lo probaban aquí escupían los hígados.


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