Amadeo I

Amadeo I

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La vista del monta-cargas me atraía. Reconocida ya la oficina culinaria, me lancé a él escabulléndome entre rimeros de chuletas y montañas de hojaldre. Subí… Encontreme en una habitación donde estaba la estufa en que se colocan las fuentes para conservar el calor. Allí, los mozos, a la voz de un maestresala llevaban los manjares al comedor llamado de diario. Con rápido paso en el comedor me colé. Vi al Rey y a la Reina en las respectivas cabeceras. Vi damas, gentiles hombres, militares de la guardia, ayudantes del Rey, y oí la festiva charla trilingüe, pues sobre el castellano, a lo largo de la mesa, flotaban frases y conceptos italianos y franceses. Exploré con alegría juguetona la hermosa estancia; contemplé las pinturas del techo, los espejos, cuadros y tapicerías que ornaban las paredes, las suntuosas mesas, relojes y candelabros… Ni encogido ni perezoso, creyendo que vistas las alturas y los medios debía investigar también lo rastrero, me metí debajo de la mesa, y la recorrí holgadamente de punta a punta por la calle que dejaban libre los pies de las dos filas de comensales.






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