Amadeo I
Amadeo I Allí me entretuve observando los bien calzados piececitos de las señoras, las caladas medias y los bajos finísimos guarnecidos de encajes. Por otro lado vi botas con espuelas, conteras de sables, pantalones galonados… Hasta mí llegaba, repercutido por la madera que allí era mi techo, el sonido de la conversación ceremoniosa. La mesa era para mí una caja armónica que me transmitía las inflexiones más leves de la voz humana. La Reina hablaba un castellano gramatical, premioso, aprendido por principios. Los entorpecimientos de su palabra revelaban el temor a equivocarse. Don Amadeo hablaba torpemente, como quien todo lo aprendía de oídas y sin estudio. Al fin de la comida me regocijó la escena en que el Rey, con galantería maleante, quería obsequiar a señoras y caballeros con las famosas guindas de Turín. Todos declinaban riendo el honor de probarlas. Una dama, cuyo nombre ignoro, dijo que una vez que cató las guindas se le abrasó la boca y estuvo enferma de estomatitis. Un caballero, ayudante del Rey, alabó a este por tener su boca indemne contra el fuego. La risa terminó con libaciones discretas de jerez y champagne. Todos bebieron menos el Rey que no cataba el vino.