Amadeo I

Amadeo I

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Llegó un instante en que el silencio y la tranquilidad, tardíos cortesanos, se posesionaron de la Casa de los Reyes. Don Amadeo y su Montero se filtraron, vamos al decir, por la puerta de servicio. Pisando quedo y sin decir palabra, atravesaron un pasillo alumbrado con mecheros de gas. Torcieron a la derecha, luego a la izquierda. Ningún servidor les salió al paso, ni tuvieron otro testigo de su escapatoria que mi traviesa personalidad invisible. Llegaron, llegamos debo decir, a la escalera de caoba que llaman de la Intendencia. Descendimos suavemente. Gemían los peldaños alfombrados bajo las pisadas de ellos, no de las mías; que yo era poco más que un espíritu… Fuimos a parar a un pasillo: en él vi dos servidores que estaban en el ajo, y saludaron con leve reverencia. De allí salimos a la Plaza de la Armería, donde esperaba un coche de un solo caballo y cochero sin librea. Entró el Rey en el coche; tras él Benifayó. Algo noté entre el Montero y el oficial de guardia, que me indicó la connivencia de este. No necesito decir que me colé de un brinco dentro de la berlina, achantándome bonitamente en la bigotera…






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