Amadeo I
Amadeo I El coche partió hacia la Plaza de Oriente y calle del Arenal. Era la noche plácida, de mejor temple que el dÃa, como suele acontecer en las primaveras matritenses. Por la Puerta del Sol y calle de Alcalá discurrÃan los vecinos noctámbulos que salen de los teatros para meterse en los cafés. En Recoletos vimos poca gente; no faltaban los ciudadanos de la última capa social que tienen por alcoba y cama las sillas de hierro, o la escalinata de la Casa de la Moneda. Desierta estaba la Castellana. El coche la recorrió en casi todo su largo y fue a parar en un hotel próximo a la calle de la Ese. Alguien abrió desde dentro la verja, y la berlina penetró en un jardinillo de incipiente frondosidad. Momentos después, las tres ilustres personalidades franqueábamos corta graderÃa y entrábamos en una linda sala bien iluminada, donde fuimos recibidos por una dama… Espérate un poco, picaresco lector, que esto es muy delicado.