Amadeo I

Amadeo I

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Era la tal de mediana talla, bien formada y no mal constituida de carnes y anchuras. Mi primer cuidado fue examinarle bien el rostro, que vi entonces por primera vez. Mi crítica lo declaró tan agraciado como hermoso; la tez morena, ojos expresivos, grande la boca, tan abundante el pelo que no se contenía dentro de sus límites naturales, extendiéndose por delante de la oreja como un rudimento suave de varoniles patillas. El conjunto de tal rostro tenía el encanto de la originalidad, que en arte como en belleza es poderoso atractivo. Sentáronse los tres arrimados a una mesa, la dama y el Rey juntitos, mano con mano; frente a ellos Benifayó… Yo me subí de un brinco a la consola próxima para ver bien y pescar todo lo que hablaran. La señora, que vestía luenga bata de seda blanca libremente descotada, dejando ver los linderos de un lozano busto, revelaba en sus ojos chispos y en su franca sonrisa el gozo de ver terminada felizmente una larga y ansiosa espera. Anhelaba, sin duda, comunicar a su regio amigo impresiones guardadas durante lentas horas y aun días. La ocasión de la dichosa confianza llegaba al fin. No podía contenerse, y prorrumpió en estas calurosas manifestaciones: «Ya supongo, mon lion brave et généreux, que no te habrás tragado el pastel que llaman Convenio de Amorevieta. No te fíes del Duque. Su intención no es mala; pero en la diplomacia militar no da pie con bola. Los carlistas tratarán ahora de rehacerse, y volverán pronto más insolentes y feroces a disputarte el Trono… Si las Cortes aprueban el Convenio, el Duque, ¡oh Rey mío!, te pedirá la suspensión de garantías, pues sin hacer mangas y capirotes de la Constitución no podrá gobernar».


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