Amadeo I
Amadeo I «En mi casa —decía suspirando— no entraban más que procuradores y alguaciles. Yo no vivía; el apetito y el sueño me abandonaron; consuelo de mi angustia era el llanto, consuelo también un librito de poesías de Selgas que por las noches me calmaba los nervios, y aquellos versos de Espronceda: ¿Por qué volvéis a la memoria mía…? Hace unos meses vino a verme y a consolarme Celestina Tirado, que se metió a beata…, no sé si lo sabes…, y anda en trajines de religión. Díjome que en la iglesia hallaría mi remedio; que fuese a misa y a confesar, y que rezara mis tercios de rosario con devoción. Mi antigua señora la Marquesa de Navalcarazo me llamó para recomendarme el mismo medicamento de Celestina: Religión, misas, novenas, y pronunciar a toda hora el nombre de Jesús, que endulza el alma y la boca —más que con la miel y azúcar— con sólo sus cinco letras…».