Amadeo I
Amadeo I Cogidos de la mano íbamos paseando despacito bajo los soportales de la Plaza Mayor. La doliente historia de mi amiga quedaba cortada en un suceso que nos abría camino para reanudar nuestra vieja novela interrumpida. Aquilino de la Hinojosa no estaba en Madrid. Dos semanas antes de lo que se refiere, había ido a Villaviciosa de Odón a recoger la menguada herencia de una tía suya que murió en aquel pueblo. Para ciertas diligencias judiciales tuvo que trasladarse a Navalcarnero; al regreso volcó la galera en sitio de peligro; rodando cayó el afinador en una barranquera, donde le recogieron descalabrado y con una clavícula rota. Personas caritativas le llevaron a Villaviciosa, y en casa de unos parientes estaba en cura, que habría de ser larga. «Ayer —me dijo ella— recibí su primera carta después del siniestro. Está dado a los demonios. Me escribe poniendo en cada renglón una blasfemia. Le tienen bizmado y entablillado, sin poder moverse. ¡Dichosa herencia, que no es más que un melonar, cuatro almendros y una casuca sin techo! Me dice que tiene cama para dos meses; manda tres duros por el ordinario y cuatro recibos de treinta reales para cobrar alquileres de pianos. Me recomienda la economía y que no vaya a verle, pues está bien cuidado por su prima doña Melchora».