Amadeo I
Amadeo I Fáltame referirte, lector de mi alma, la última declaración de Obdulia, que es del tenor siguiente: «Vivo en el 23 de esta Plaza, allí, en un entresuelo, encima de la taberna que hace esquina a la calle del 7 de Julio. Con las pesetejas que me ha mandado ese, y diez duretes que me dio mi señora la Navalcarazo, vivo pobre, y solita porque he despedido a la muchacha que me servía…». No necesito decir más para que se comprenda que en aquel mismo día senté mis reales en el modestísimo y lóbrego albergue de mi antigua y moderna conquista, la señora de la Hinojosa. Los que no han vivido en un entresuelo de la Plaza Mayor, con ventanas mezquinas, bajo la visera de los soportales, no saben lo que es obscuridad en pleno día. Nunca pensé yo cobijar mi persona en tal ratonera; pero la exaltada pasión y el donaire de mi socia me convertían la tristeza en gozo y las tinieblas en luz. Aderezaba Obdulia nuestras comiditas. Más de una vez, por evitarnos ir a la compra y la molestia de encender lumbre, bajábamos a comer a la taberna, donde nos servían platos de judías de batallón, tajadas de bacalao y otros condimentos de pobres. El tabernero era muy amable y nos ponía la mesa en un aposento interno, donde rara vez veíamos comensales.