Amadeo I
Amadeo I Nada le respondí, pues mis observaciones no habían de llegar a la altura de su autoridad. Ofrecime de nuevo a prestarle cuantos servicios me encomendara, y con gusto la vi bien dispuesta en favor mío. Díjome que a la sazón moraba en la portería de la Academia de la Historia, porque sus cortos haberes no le permitían mejor acomodo. La capitis diminutio a que había llegado, en la desabrida etapa histórica del Rey saboyano, deslucía su ancianidad gloriosa. «Lo que mayormente me aflige —añadió, rompiendo conmigo la multitud para seguir juntos por la calle del Arenal— es la flaqueza femenil de los partidos monárquicos y la inconsistencia de los que vociferan en las filas avanzadas, indicio seguro de la poca virilidad del pueblo hispano. Todo lo que aquí pasa es cosa de ópera cómica, tirando a bufa. He pensado en darme de baja, como dice tu amigo Ido del Sagrario, y transferir mis nobles funciones a mi hermana Talía, que las desempeñará muy bien, encargando algunos numeritos de polka y tango a mi hermana Euterpe… El quita y pon de Ministerios que sólo difieren en la medida y rumbo de sus tonterías; la conspiración de las damas católicas, con su armamento de peinetas y florecillas de lis, pertenecen al orden literario del entremés con tonadilla y ovillejos. Habrás oído, entre tus amigos, planes de levantamientos en plazas fuertes y ciudades populosas. No hagas caso, hijo. ¡Batallones que se echan a la calle, guarniciones que se pronuncian! ¡Sueños locos de paisanos ociosos, que gobiernan el mundo en las mesas de un café o la redacción de periódicos bullangueros! Todos esos que se levantan, lo que hacen es acostarse, y entre sábanas se ríen de los conspiradores de alfeñique… Hace pocos días, he visto a los niños de las Peñuelas jugando al pronunciamiento. La demagogia misma procede hoy con más simplicidad que barbarie. Los ideales exaltados son ahora instintos movidos por la imbecilidad».