Amadeo I

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Acompañé a la señora hasta la calle del León, y me volví a casa. A mi consorte accidental referí mi encuentro con doña Mariana, y traté de explicarle la condición de esta y su doble calidad real y quimérica. Pensé yo que Obdulia no me entendería, pero como en la naturaleza cerebral de la bella joven prevalecían la ensoñación poética y el bello mentir, admitió como verídico el cuento de Mariclío y de sus inauditas transformaciones. «¡Ay Tito de mi vida —me dijo consternada— que felices seríamos si esa divina dama nos llevara por esos mundos como duendes o muñequitos que pueden esconderse, si a mano viene, dentro de una cajita de caramelos! Sabrás que en esta renegada casa estamos sobre un volcán. Apenas saliste tú para la calle del Arenal, entraron dos policías y me marearon con preguntas; que si yo, que si tú… Respondiles que no teníamos nada que ver con el atentado; que nosotros somos vecinos, pero no cómplices del señor Tomás y sus compinches. Antes te dije, querido Tito, que estábamos sobre un volcán… Son dos volcanes, dos. Porque si vuelve Aquilino mal curado de sus mataduras no pararé hasta el suicidio…, y que me entierren en un cementerio bonito, con cipreses y adelfas. En caso de que mi maridillo se quede por allá, será posible que nos prendan por el aquel de regicidas, y nos separen quizás para siempre. Eso no, Tito mío: vámonos, salvémonos».


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