Amadeo I
Amadeo I «Las relaciones de Su Majestad con usted han terminado, Adela. Mi opinión es que usted las ha roto, no él. Sea como fuere, Su Majestad no consiente que usted quede desamparada. Tome usted esto… Son cien mil pesetas».
Airada respondió la señora que quizás vendería los documentos históricos por una palinodia del Soberano, reconociendo su veleidad y poniéndole remedio… Por dinero no los daría nunca. Entablose una breve y agria disputa. Dido enamorada se defendía fieramente contra el abandono. El mensajero del Rey, hombre que iba derecho al bulto y no gustaba de inútiles parloteos, sacó del bolsillo un revólver, y poniéndolo de golpe sobre la mesa, soltó este ultimátum: «O me da usted las cartas, o la mato a usted ahora mismo».
Por distintos estados emotivos pasó rápidamente la dama. En el espacio de unos segundos se mostró colérica, medrosa, soberbia, humilde… Con incierto paso llegose a un maletín donde guardaba sus alhajas. Sacó las cartas, y con furioso ademán las arrojó sobre la mesa. El mensajero tuvo serenidad para contarlas. Vaciando el sobre de los billetes y metiéndolas en él, para guardarlas cuidadosamente en su bolsillo, se retiró con fría reverencia. No hay noticias del tiempo que tardó Adela en recoger la indemnización de guerra, última página de su historia de amor.