Amadeo I
Amadeo I Aferrada locamente a esta resolución, castillo formidable de la flaqueza femenina, hizo saber al Rey lo que proyectaba. Alarma y susto en la pequeña Corte del Sardinero; mensajes, recaditos… Pronto se vio que la deidad irritada no cedía. Sonaron los primeros fragores del escándalo: la tempestad estaba cerca… Transcurrieron dos días; al tercero presentose en el Hotel del Comercio y en la estancia de la dama un caballero amigo del Rey, pidiéndole conferencia reservada. Sentose Dido abandonada junto a la mesilla donde pasaba las horas escribiendo y rasgando cartas, e invitando al caballero a sentarse frente a ella, le preguntó el motivo de su visita.
«Comprenderá usted, Adela —dijo el caballero—, que el objeto de esta entrevista no puede ser grato para mí. Confío en la discreción de usted, en su talento, en su bondad. Es usted buena. Por tal la he tenido siempre. Bien sabe el respeto y la consideración con que la tratamos todos sus amigos. Vengo decidido…, ¿no lo presume usted?…, a recoger las cartas de Su Majestad». Desplegando toda la táctica femenil, Adela contestó que las cartas podían ser documentos históricos y que en este caso pertenecían a la Nación. No creyó el caballero que el asunto era de los que pueden tratarse con sutilezas del ingenio, y sacando de su cartera un sobre repleto de billetes de Banco, lo puso sobre la mesa y dijo así: