Amadeo I
Amadeo I No sé decir si yo veía o si adivinaba; más la certidumbre penetraba en mi espíritu, y continúo mi cuento seguro de llevar delante de mi pluma la luz de la verdad. Obdulia y yo veíamos lo distante; oíamos las voces lejanas… A consecuencia de lo anteriormente referido, la hermosa y desdichada señora, que por su talento y su belleza mereció los favores del Rey, se vio lanzada a extremos de pasión y venganza, si reprobables en la estricta moral, dignos de indulgencia como desahogo casi legítimo de un alma burlada. Iracunda y ciega pensó que su papel en aquel drama, medio personal, medio histórico, era responder al secreto agravio con agravio público y resonante. Pues se la despreciaba indignamente, pues se la sustituía por una inglesa extravagante y zancuda, no se retiraría de la escena sin escándalo. ¿Qué menos hacer podía que dar publicidad a trece cartas escritas de puño y letra por el Rey de España, don Amadeo I?