Amadeo I
Amadeo I La partida del Rey, que embarcó para visitar otros puertos de la costa; las enojosas lluvias, que anunciaban la declinación de la temporada, y la merma fatal de los dineros de Mariclío, nos dieron el toque de marcha… En el tren, camino de Madrid, la casualidad nos deparó la compañía de aquel joven, no diré amigo, sino conocido, que en la playa del Sardinero me dio noticias de la corresponsala del Times y de sus amores con el Rey. Era el chismoso profesional, el hombre de las anécdotas galantes, de las historias que son el fermento de la ociosidad en casinos y cafés. Tomando pie de una frase nuestra pegó la hebra de su croniquería escandalosa, y después de referir con picantes pormenores el enredillo del Rey con la dama inglesa, nos colocó el relato de otras aventuras amadeístas, acaecidas en el último invierno.