Amadeo I
Amadeo I La primera ocurrió en una casa (proximidades del Teatro Real) donde vivía un personaje que, por su elevado cargo, despachaba muy a menudo con el Rey. Esposa del tal personaje, cuyo nombre no quiso revelarnos el cuentista, era una mujer bella y arrogante a quien Amadeo conoció en un baile de Palacio. Ligerilla debía de ser la dama, pues sin gran resistencia tomó varas del Rey y concertaron una entrevista. ¿Dónde? En la propia casa de ella, aprovechando las largas ausencias que al marido imponían sus obligaciones burocráticas… Acudió el Soberano a la cita, no sin prevenirse contra posibles contingencias desagradables. Por si el marido se presentaba inopinadamente en su domicilio, se dispuso que un confidente del Rey se situase en la puerta de la calle, con hábiles instrucciones para cortarle el paso. La maquinación era del género más picaresco… Pues señor; llegó como se temía el confiado o desconfiado caballero, y el emisario, acometiéndole al bajar del coche, le dijo con bien fingida premura: «Estoy aquí esperándole a usted para comunicarle, de parte de Su Majestad, que en Palacio le espera para tratar con usted de un asunto urgentísimo». Refunfuñó el marido… Antes de ir a Palacio subiría un momento a su casa. Pero el confidente le atajó con frase apremiante, angustiosa: «No, no; no hay que perder momento. Su Majestad espera impaciente. El asunto es muy grave». El engañado personaje se dirigió velozmente a Palacio, donde preparado le tenían otro gracioso ardid. Al encuentro le salía Dragonetti, obligándole a una larga antesala. Su Majestad estaba conferenciando con Cialdini, embajador de Italia, en las habitaciones de Su Majestad la Reina… A la hora larga de este bromazo recibía don Amadeo al personaje y con él trataba de un asunto administrativo, que el cuentista no dijo, y en verdad no hacía falta para redondear el cuento.